- Si se lleva algún efecto de vuestra casa o tienda, así de ropa como de otra cualquier cosa, lo pagará, ya sea en poca o en mucha cantidad.
El maestro enfatizando sus palabras le respondió con distinguida gravedad:
- Lo cual se ha de liquidar con el juramento de dos personas puestas por cada uno de nos.
Aquella breve plática se quedó sólidamente grabada en su memoria, añadiendo a su ya natural honestidad, un suplemento de honradez.
Juan era un hombre al que el Cielo colmó de virtudes: íntegro, honesto, justo, bondadoso, manso, paciente, generoso, caritativo y humilde; pero al que, a veces, acometían pequeñas debilidades: la embriaguez y la excesiva liberalidad.
Su vida no tenía desmedidas aventuras, mudando los días de manera monótona e invariable. Siempre deseó alejarse del rumbo rutinario y corriente en el que se había convertido su existencia, pero las amistades que frecuentaba y la ciudad en la que vivía no le aportaban demasiados resquicios para andanzas y correrías. Juan vivía en la zona sur de la ciudad, en la que se encontraban las cuadrillas más deprimidas de la que otrora fuera una ciudad magnífica.
Dedicaba el tiempo a la lectura, desde joven le habían atraído los libros, y a dar largos paseos por la orilla del río. Iba solo, pensando en una vida en la que no vivía y que le hubiera gustado gozar. Sólo en ocasiones, cada vez más alejadas en el tiempo, iba al mesón del Rastro a tomar una jarra de vino de San Martín, junto a Andrés López, joven y prolífico escultor; Juan de Otálora, floreciente marchante de libreas; don Antonio de Andía, maestro de capilla en la Catedral; y don Luis Lobera, médico de la ciudad y varón aventajado en erudición y exquisitas formas.
Su vida no tenía desmedidas aventuras, mudando los días de manera monótona e invariable. Siempre deseó alejarse del rumbo rutinario y corriente en el que se había convertido su existencia, pero las amistades que frecuentaba y la ciudad en la que vivía no le aportaban demasiados resquicios para andanzas y correrías. Juan vivía en la zona sur de la ciudad, en la que se encontraban las cuadrillas más deprimidas de la que otrora fuera una ciudad magnífica.
Dedicaba el tiempo a la lectura, desde joven le habían atraído los libros, y a dar largos paseos por la orilla del río. Iba solo, pensando en una vida en la que no vivía y que le hubiera gustado gozar. Sólo en ocasiones, cada vez más alejadas en el tiempo, iba al mesón del Rastro a tomar una jarra de vino de San Martín, junto a Andrés López, joven y prolífico escultor; Juan de Otálora, floreciente marchante de libreas; don Antonio de Andía, maestro de capilla en la Catedral; y don Luis Lobera, médico de la ciudad y varón aventajado en erudición y exquisitas formas.