martes, 30 de octubre de 2012

450 Aniversario de la Fundación de san Jose de Ávila

Monasterio de San José de Ávila
Hace poco más de dos meses se cumplió el 450 aniversario de la primera fundación de Santa Teresa de Jesús: el Monasterio de San José de  la ciudad de Ávila.


Se trató, según Andrés Revesz, de la realización de un “sueño que viene de Divina intención”. La noche de San Bartolomé (24 de agosto) de 1562 “fue entronizado el Santísimo Sacramento en la humilde capilla, y al día siguiente recibieron el hábito cuatro doncellas (Úrsula de los Santos, Antonia del Espíritu Santo, María de la Cruz y María de San José), las primeras cuatro carmelitas reformadas españolas”. La santa abulense fue, desde ese momento, “Teresa de Jesús. En la Historia, en el Santoral y en la Vida”.

Don Juan Dávila, primer capellán que tuvo la comunidad, describe así el monasterio: “Y entrando que entró en la portería, junto a ella estaba una reja de palo, muy cerca de la verja estaba el altar, aunque con decencia, pero con harta pobreza y estrechura, porque la portería y coro, donde el Santísimo estaba, no me parece a mí que habría arriba de diez pasos. Representaba bien el portalico de Belén. Al lado de la portería y coro, casi junto al altar, estaba otra rejica de palo, que hacía el coro de las monjas. Estaba todo junto, que casi no había pasos para ir de una parte a la otra”

REVESZ, A. Santa Teresa de Jesús. Plasencia, 1943, p. 75-76.

Santa Teresa vivió cinco años en el Monasterio de San José (1562-1567), siendo años que “a lo que ahora entiendo, me parece serán los más descansados de mi vida, cuyo sosiego y quietud echa harto menos muchas veces mi alma”.

JESÚS, T. de.  Libro de las Fundaciones, Cap. 1,1.

Con el tiempo, el Monasterio de San José fue embellecido en su estructura externa, además de enriquecerse con generosas y espléndidas donaciones. Pocos años después de morir la fundadora, el 31 de octubre de 1594, Pedro Hernández, platero, y Nicolás Meléndez, su fiador, se obligaron a hacer para la capilla de San Pablo, sita en dicho monasterio, diversos objetos litúrgicos: 
 
     1. Un cáliz de plata de tres marcos y media onza de peso.
     2. Una cruz de altar de plata de tres marcos y una onza de peso.
     3. Unas vinajeras de plata, con su platillo, de tres marcos y media onza de peso.
     4. Unos candeleros de plata de cuatro marcos y dos onzas de peso.
       (Marco: Peso de media libra, o 230 g, que se usaba para el oro y la plata. El del oro se dividía en 50 castellanos, y el de la plata en 8 onzas.)

     “Todo lo cual ha de ser liso y torneado, sin labor alguna”.


El coste de los objetos fue:
      1.  Setenta reales el cáliz. Si fuere todo dorado se le entregarían ocho ducados y el oro necesario.
      2. Setenta reales por la cruz. Si fuere dorada ocho ducados.
      3. Seis ducados por los candeleros.
      4. Siete ducados por las vinajeras y el platillo. Si se dorare algo se le entregarían ocho ducados.

Las condiciones de pago fueron las siguientes: “el peso de lo cual se nos ha de dar y entregar luego y como fuéremos comenzando y al tiempo que comenzáremos la dicha obra, y lo que fuere hechura como se acabare de labrar se ha de pagar”.

El platero se obligó a tener finalizados los objetos litúrgicos “desde el día que nos fuere dado y entregado el peso de la dicha obra y el oro que para ella fuere menester,  dentro de tres meses primeros siguientes de cómo así nos fuere dado y entregado daremos hecha y acabada la dicha obra y puesta en perfección”. En caso de no cumplir lo firmado, don Francisco de Mena, mayordomo de la capilla de San Pablo, podía “tomar oficiales, oro y plata, materiales y lo demás que fuere necesario”, a costa de Pedro Hernández y su fiador.

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